LOS SIGNOS EN SEMANA SANTA
Antonio José Palazón Cano


“Historia magistra vitae est”. Esta expresión de Cicerón recogida en su obra De Oratore, y traída hasta nuestros días por la sabiduría popular, nos muestra la necesidad de mirar hacia atrás, para entender muchos porqués de hoy. Uno de estos trataremos de analizar en el presente artículo: ¿Por qué en semana santa los nazarenos o penitentes van con la cara tapada? Para algún extranjero que visite nuestras tierras parece que en estos días de semana santa, sucede algo extraño entre nosotros, porque estas actitudes les recuerdan más a sectas dañinas (Ku klux klan) que a cualquier otra cosa. Pero lo que todavía es más grave, si nos preguntaran a nosotros más metidos en temas procesionistas o vinculados a la Iglesia, tampoco sabríamos dar una contestación lo suficientemente razonada para que sea aceptada por nuestro interlocutor.

Una de las causas que ha contribuido notablemente al oscurecimiento de esta, y otras muchas realidades, ha sido la preponderancia del turismo, disfrazado de elementos culturales, en detrimento de la esencia misma de las cofradías pasionarias de Semana Santa. Nosotros como cofrades hemos mordido en el anzuelo donde nuestro Señor logró vencer al Maligno, cuando después de los 40 días que permanece en el desierto le mostró todos los reinos del mundo y le hizo una gran oferta: “todo esto te daré, si te postras y me adoras"; a lo que Jesús contestó diciendo: “Al Señor tu Dios adorarás y solo a Él darás culto”. Nosotros ante la oferta del poder (dinero con el que subvencionan las cofradías por parte de los ayuntamientos), permítaseme la crítica, hemos sucumbido poniéndonos, no como siervos de Dios (lo que hace Jesús), sino como siervos de los intereses de los poderes políticos.

Por eso a la hora de afrontar esta cuestión nos es necesario recordar brevemente que antes que una cuestión cultural, los desfiles procesionales, son expresión de la fe. La fe, como no, está llamada a hacerse cultura, puesto que solo así podrá llegarse a la Evangelización de los pueblos; pero, qué duda cabe, que antes que cultura es expresión de fe, sin la cual, los elementos culturales, relativos a la misma, quedan vacíos de contenido. Este es un verdadero riesgo por el que pasan las actuales cofradías en pleno siglo XXI en que nos encontramos, debido al ambiente secularizado que nos rodea.

Todo lo expuesto hasta ahora, no es ajeno al tema que nos disponemos a tratar, sino que más bien es un preámbulo necesario para darnos cuenta el por qué un signo tan simple como el ir con la cara cubierta, se nos presenta hoy, como vacío de significado. Remontémonos pues, a los orígenes mismos del cristianismo, en el siglo I, para alcanzar el conocimiento de este signo.
 

 

Después de la glorificación de Nuestro Señor Jesucristo y del envío del Espíritu Santo sobre los apóstoles, estos raudos salen a anunciar el Evangelio hasta llegar a los confines del mundo. Muchos de los que los oían hablar, tanto a ellos como a sus sucesores, pidieron agregarse al grupo formado por ellos (Iglesia). Estos habían recibido el primer anuncio del Evangelio que les estaba llamado a conversión. Este era el punto de partida para poder recibir el bautismo y formar parte de la Iglesia. Ahora, una vez acogida la Buena Noticia (Evangelio) de Jesucristo, se iniciaba un largo camino de conversión hasta llegar a recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Este proceso se conoce con el nombre de Catecumenado, recientemente reinstaurado en la Iglesia por el Concilio Vaticano II. Esta sería la práctica habitual de la primitiva Iglesia hasta el siglo IV, de tal modo que el Bautismo era la meta de un largo proceso de Conversión.

Con el Edicto de Milán, en el año 313, comenzaría a cambiar toda esta situación vivida en los primeros siglos de la historia de la Iglesia. El emperador Constantino se convertiría al cristianismo y con él, todo el imperio romano, de tal modo que la Iglesia pasaba a vivir una situación nueva hasta ahora, pasa de ser perseguida a convertirse, primeramente en religión mayoritaria del imperio romano y después en religión oficial. Esto supone un gran número de conversiones al cristianismo, de tal modo que el Bautismo pasará de ser el punto culminante de un largo proceso de conversión, a administrarse a infantes sin haber pasado previamente por este proceso catecumenal que antes describíamos. Todo esto supondrá una novedad en la praxis sacramental de la Iglesia.

El sacramento del Bautismo borra todos los pecados de aquel que lo recibe, pero al ser recibido en tan temprana edad, era fácil, que se cayera en la esclavitud del pecado. Surge así el orden de los penitentes como una llamada fuerte a la conversión de los pecadores públicos. Estos eran apartados de la comunidad, pero no de la Iglesia (es decir, no había excomunión), para formar parte de este orden de los penitentes. Era un proceso largo de conversión para de nuevo poder ser reintegrado en el seno de la comunidad. Esto es lo que se conoce con el nombre de penitencia pública, que duraría prácticamente hasta el siglo VIII, donde el florecimiento del monacato contribuirá a la reforma de este sacramento de la penitencia.

Durante toda la Edad Media, se pondrá el acento de la penitencia en diversos momentos del sacramento, primero adquirirá gran importancia una confesión exhaustiva de los pecados y posteriormente, coincidiendo con la Baja Edad Media, la expiación será el principal acento del sacramento. Aquí es también donde podemos situar los primeros momentos de las actuales cofradías de Semana Santa. Este es un periodo donde la pasión de Jesucristo hace incluso ocultarse el acontecimiento más importante del cristianismo: la Pascua de Resurrección. El sufrimiento de Cristo como expiación por nuestros pecados tendrá tal importancia que nosotros estamos también llamados a sufrir como él. Así en este tiempo será cuando comience a colocarse una determinada tarifa de expiación según el carácter del pecado. Aparecerán grandes libelos, confeccionados fundamentalmente por los monjes, con la tarifa para cada pecado.

En medio de este contexto medieval es donde podemos ubicar el comienzo de las primeras procesiones de semana santa exaltando la pasión de Cristo y con fuertes penitencias expresadas en aquellos que acompañan a Cristo camino del Calvario. Participar en una procesión era la señal de la expiación de los pecados, pero del mismo modo que en el periodo de la penitencia pública no se confesaba públicamente los pecados, ahora tampoco habrá una confesión pública, pero sí incidencia en la vida pública, de ahí que cuantos participaban en las procesiones organizadas por estas cofradías pasionarias fueran con la cara cubierta. Era la señal de la expiación por los pecados de cada uno, según la penitencia impuesta, pero desde el anonimato. Por tanto cubrirse la cara tiene un carácter marcadamente penitencial.

A esto es a lo que me refería anteriormente cuando decía que la búsqueda del “interés turístico” regional, nacional o internacional ha conducido a ensombrecer la verdadera realidad de las procesiones de semana santa. Porque mientras que la participación en ellas era señal de penitencia hoy es más bien un sustrato cultural que no hay que perder en beneficio de toda la sociedad local o regional, sin tener, exceptuando en determinados casos, ese carácter penitencial que impulsó en el pasado lo que hoy solamente vemos como algo turístico para satisfacer la economía de nuestros pueblos.
 

 

Con el transcurrir de los años, nuevamente volvió a colocarse en primer plano lo que nunca debió ocultarse: la resurrección de Cristo. De ahí la importancia del domingo que el magisterio de los papas nos ha mostrados en los últimos años, como por ejemplo Juan Pablo II con la Carta apostólica Dies Domini, publicada en 1998. Así pues, el Domingo es el día consagrado al Señor, es el día de la Resurrección, es el día por excelencia de la semana, de tal modo, que todo el sentido del día va encaminado a exaltar la Pascua del Señor con la alegría. No podrá concebirse, por tanto, como día penitencial. La verdadera penitencia ya ha sido obra de Cristo, que ha pagado por nosotros la pena merecida de nuestros pecados. Así pues, cubrirse la cara para desfilar procesionalmente un domingo (sea de Ramos o de Resurrección) es un anacronismo, solamente entendible desde el desconocimiento del significado de los signos.

El lenguaje propio de cualquier religión son los signos o símbolos, no escogidos aleatoriamente, sino con un poderoso significado. Quedarnos meramente en los accidentes externos, sin alcanzar la esencia de los mismos, es simplemente un activismo sin contenido alguno. Por eso, y con esto quiero concluir, es necesario recordar que las procesiones de semana santa son, ante todo, una verdadera catequesis de la pasión, muerte y resurrección de Cristo y esto no se hace de otra forma más que con signos, si estos dejan de significar, pierden su sentido todos nuestros afanes. Miremos atrás, queridos hermanos cofrades, y procuremos vivir los signos que hemos heredado y verdaderamente descubriremos un potencial de riqueza inmensa con el que poder acercarnos a Cristo, principio y fundamento de nuestra salvación. 

Antonio José Palazón Cano
Párroco de Ntra. Sra. del Carmen de Águilas (Murcia)

 

Fotos de Francisco Gallego Dueñas