LA VEGUILLA - 2015
JUAN CARLOS DE LA MATA GUERRA


ACTO DE CORONACIÓN DE
LAS REPRESENTANTES DE LA JUVENTUD BENAVENTANA
DE LAS FIESTAS DE LA VEGUILLA

Mantenedor: Juan Carlos de la Mata Guerra
Teatro Reina Sofía

Benavente, 12 de abril de 2015

 

¡Señor Alcalde, Sres. Concejales, Representantes de la Juventud Benaventana!

Benaventanos todos!!!

Es Benavente una ciudad joven pero con más de ochocientas primaveras. Joven porque sus gentes se mueven ágilmente hacia el futuro. Una ciudad en la que a poco que se escarbe en su historia afloran testimonios de un pasado fecundo. Pero la ciudad de los Condes-Duques hace mucho que no vive de sus pasadas grandezas, sino que siempre ha estado despierta a la vida moderna, y aunque es cierto que no podemos vivir sólo del aliento de los recuerdos, pues debemos seguir la marcha de los tiempos, no lo es menos que tenemos que esforzarnos en armonizar pasado y presente.

Se ha dicho que podemos leer el porvenir mirando el pasado, ya que es el mejor profeta del futuro. Unamuno decía que en cierta manera somos hijos de nuestro pasado, y que deberíamos procurar por ello ser padres de nuestro porvenir. Sobre ello Nietzsche señalaba que solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado. Por ello me pregunto a veces si ¿el futuro no será otra vez el pasado recorrido desde otra puerta?

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Emulando a una entretenida y exitosa serie de televisión que se emite en estos días también Benavente podría tener su particular “Ministerio del Tiempo”. Os animo a que nos asomemos a través de los numerosos libros que se han publicado sobre nuestra historia local a otras épocas, a otros días, a otros momentos que aquí se vivieron. Comprobaréis con ello que existieron otros “Benaventes” que ya no se ven y de los cuales tan sólo restan algunos jirones desperdigados por la ciudad (lamentablemente ya cada vez menos), y que son testimonios arrinconados que han resistido a la piqueta y a la desidia.

Hubo así un Benavente medieval, latente aún en el trazado angosto de algunas de nuestras calles y en los soportales de las viejas casonas, pero sobre todo en esas dos joyas románicas que son San Juan del Mercado y Santa María del Azogue. Otro Benavente Renacentista que ya se apunta en algunos elementos de la Torre del Caracol, último cubo de aquel castillo de la Mota que insignes viajeros otrora elogiaron por su magnificencia. Hoy como único testigo de aquella fortaleza nos viene a demostrar que todas las glorias humanas son pasajeras. Este Renacimiento tuvo su mejor expresión en la fachada del Hospital de la Piedad, que viene a ser como un gran tapiz bordado en piedra brillando esplendoroso al sol de la plaza de San Francisco.

Hubo también un Benavente del Siglo de Oro, de fachadas y retablos barrocos en nuestras iglesias y monasterios, con escuelas de Teología, Arte y Latinidades, frailes literatos y místicos, monjas devotas y visionarias. De cofradías y gremios, de hidalgos y pícaros.

También otro dieciochesco e ilustrado, con hospitales de beneficencia, palacio de la Vicaría de San Millán, pósitos de trigo y Sociedad Económica de Amigos del País, época que supuso momento de cambios esperanzadores pero ciertamente limitados. A éste le siguió el Benavente decimonónico, liberal y caciquil, de grandes casonas y palacetes de una burguesía incipiente y provinciana. De inestabilidad política y social. De cambio de gobiernos a golpes de rigodón, de guerras carlistas y espadones. En que los vecinos aguardaban noticias de la Corte y del último pronunciamiento militar a la llegada de los coches de postas, pues no en balde Benavente fue desde muy antiguo una de las cuatro Cajas principales en la distribución del Correo en España.

Y también uno modernista que apenas pudo dejarnos unos cuantos edificios salpicados por la ciudad, y que consiguió para nuestra localidad el título de ciudad allá por mil novecientos veintinueve, merced a un decreto del Rey don Alfonso XIII, dejando atrás para siempre la secular denominación de villa.

Hubo también un Benavente republicano con ansias de regeneración y modernidad, que quería romper con las ataduras de la Restauración y superar los eternos males de nuestra patria. Fue una época de sociedades obreras, de banderas y lazos tricolores, de proyectos ilusionados que sucumbieron arrollados a los pies de los apocalípticos jinetes de un enfrentamiento fratricida.

A este le sucedió un Benavente de postguerra, de escaseces y colas de racionamiento, tras el que vinieron unos  años de esperanza, de emigración a Alemania y desarrollismo, del coche seiscientos y televisores en blanco y negro, de guateques con discos de vinilo, pantalones de campana y pelos “a lo Beatle”, en que se pusieron las bases del llamado “milagro español de los sesenta”.

Y como se suele decir la historia continúa…

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Ciertamente es mucho lo que atesora Benavente en su pasado. Cuanto nos gustaría abrir una de esas puertas del túnel del tiempo para recorrer y observar las hermosas estancias de su castillo palacio, los ricos salones cubiertos de hermosos artesones, los aposentos con paredes de vistosa azulejería y estucados, los paramentos decorados con hermosos tapices y reposteros, y así visitar la armería del conde, la torre de las Armas, la de las Eminas, de la Azucena, la galería de los Jaspes, la Cámara Rica, la Sala de los artesones, etc.

Poder contemplar alguna de aquellas justas y torneos que los caballeros tenían en el palenque. Asistir en su patio de armas a los alardes, fuegos de artificio o a los juegos de cañas y toros con los que los Pimentel agasajaban a sus ilustres invitados.

Pasear por los jardines de los Condes, que describieron maravillados ilustres viajeros como el médico alemán Jerónimus Münzer, el noble francés Antoine de Lalaing, señor de Montigni o el cronista de Felipe II, Andrés Muñoz. Ojear la armería y la biblioteca de don Alonso Pimentel, de la que se dice atesoraba entre otras obras de los humanistas italianos y españoles del renacimiento: Erasmo, Vives, Ariosto, Dante, Petrarca, etc. Asistir a una de las representaciones teatrales de Lope de Rueda, ya que aquí estreno alguno de sus célebres entremeses.

Recorrer el paraje de la Montaña y el Tamaral, deleitándose con el murmullo de las hojas de sus alamedas, extasiándose con sus artísticas fuentes, sus paseos de mitológicas estatuas de dioses, faunos y ninfas, o quizá jugar a perderse en sus laberintos de boj. Refrescarse en sus aljibes y estanques. Visitar la capilla de las cuatro puertas en cuya mesa central -se decía- celebraban sus concilios y reuniones los cuatro obispados que confluían en la zona.

Contemplar las torres y espadañas de muchas de las más de dieciocho iglesias y ermitas que llegó a tener Benavente, muchas de las cuales don José Ledo del Pozo conoció reducidas a escombros: San Juan del Reloj, San Martín, Santo Sepulcro, Santiago, San Miguel y muchas más. Amén de otras que algunos de nosotros llegamos a conocer: San Andrés, Santa María de Renueva, San Nicolás. Detenerse también en las capillas y claustros de los conventos de San Francisco, Santo Domingo y San Jerónimo.

¿Y cómo no? Recorrer las callejuelas del barrio judío situado en las Estameñas y sus aledaños, visitar su sinagoga y detenerse a oír el rezo de los salmos del Talmud. Allí nos encontraríamos con algunos habitantes de la aljama, como doña Rica, esposa de don Sansón, quien pasa presurosa a entregar un paño que con sus manos ha bordado por encargo para una señora cristiana, o toparnos durante nuestro recorrido con algunos de sus habitantes, como Jacob Baru, Yuça Avenex, Salomón aben Abid, Çag Caro, Rabí Yuda, Yuda Adida, Sento Pérez etc.

Poder ser espectador de las suntuosas procesiones del Corpus en todo su esplendor barroco y las representaciones de autos sacramentales en el Corrillo de San Nicolás, o acudir a las escenificaciones en el Patio de Comedias de la plaza del Grano.

Asistir a uno de aquellos mercados bulliciosos de mercado en el viejo Benavente, o mejor aún, a una de sus afamadas ferias de las Candelas, el Corpus o la Ascensión.

Escuchar sorprendidos de nuevo a aquellos charlatanes embaucadores en el Corrillo de San Nicolás un jueves de mercado, y atender boquiabiertos al relato de los aleluyas y las coplas de ciego.

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¿Por qué no? Por curiosidad vamos a abrir algunas de esas puertas, y tan sólo por unos momentos desde su quicio entrever algunas de las cosas que acaecen en Benavente:

Así por ejemplo al entornar el postigo grabado con la inscripción de 1181 encontrarnos de repente en el reinado de Fernando II, época de reedificación de la villa, y poder asistir a la construcción de los ábsides y portadas de las iglesias de Santa María del Azogue y de San Juan del Mercado. En el atrio de la Adoración de los Reyes de este último templo nos encontramos con el anciano Giraldo de Aisne, que presuroso da los últimos retoques a las figuras de su bella portada. No sabe aún que sus días están contados y que sus restos descansarán por los siglos de los siglos, tal y como es su deseo, a los pies de su última obra.

En otra señalada puerta con la fecha de 1230 podremos asistir sin duda a uno de los hechos de más trascendencia para la historia de España, y que tuvo lugar en nuestra localidad. Está a punto de llevarse a cabo el llamado Acuerdo o Convenio de Benavente. Acontecimiento mediante el cual doña Sancha y doña Dulce renuncian a sus derechos dinásticos en favor de su hermano Fernando III, mientras presencia la escena doña Berenguela, produciéndose así la unión de Castilla y León.

Al girar la cancela correspondiente a 1486 descubrimos a la Reina Isabel en una de las estancias del castillo palacio de Benavente, ha llegado a la villa junto a su esposo don Fernando, siendo recibidos con gran júbilo y satisfacción por los vecinos, agasajados con grandes fiestas. Isabel conocía bien nuestro castillo, pues no en vano ya había sido acogida en él en otras ocasiones bajo la protección de los Pimentel, primero en aquellos días en su guerra dinástica contra su tío don Enrique y después contra su sobrina la Beltraneja.

Recorriendo las calles y plazas de la villa podemos observar al relojero del Concejo, un franco llamado Armand, quien ajusta las piezas del célebre reloj de Benavente que muchos años atrás se ha comprado a los frailes benedictinos de Sahagún, y cuyos toques o campanadas se oyen en gran parte de la comarca.

Por una portezuela de una de las torres albarranas de la fortaleza nos situamos en la víspera del día 24 de junio de 1506, día de San Juan, para descubrir los preparativos que se están realizando ante la llegada de doña Juana y su esposo don Felipe, llamado “El Hermoso”. Vienen a la villa para la firma de un tratado que finalmente se llevará a cabo en la cercana localidad de Villafáfila.

Recorriendo las calles coincidimos con un joven llamado Toribio Paredes, el cual acude presuroso a sus clases de gramática y doctrina cristiana que se imparten en el cercano Convento de San Francisco. Él no sabe aún que años después se embarcará para evangelizar al Nuevo Mundo, que será conocido como Motolinía, y que desde allí relatará cuanto vea, describiendo la vida y costumbres de los indígenas, convirtiéndose sin pretenderlo en el primer etnógrafo de América.

Por una puerta del matadero de la villa accedemos en el año 1692 a uno de sus corrales. Unos zagarrones o mozos valientes se disponen a enmaromar un buey bravo o toro del país. Es la tarde víspera del Corpus y con el beneplácito del obligado del abasto de la carne estarán en breves momentos dispuestos a abrir una de las puertas del toril para que el astado recorra las calles de la Benavente. Días atrás el pregonero o voz del pueblo ha comunicado tal acontecimiento a los vecinos, informándoles con su pregón de la novedad festiva en el Corrillo de San Nicolás y otros rincones de la villa.

En la puerta de ingreso a 1808 nos encontramos en los últimos días de diciembre, los vecinos tratan de apagar a duras penas los numerosos incendios declarados en diversos puntos de la villa, mientras Napoleón duerme en la casa que los Núñez poseen en la Plaza del Grano. Sus tropas han arribado a Benavente con dificultad pues los soldados ingleses acantonados en ella, y en su retirada, han volado uno de los ojos del puente de Castrogonzalo y han demorado su avance, llegando exhaustas a la villa. El Emperador de Francia está irritado porque su mejor general, Lefebvre, ha sido capturado días atrás por las tropas inglesas a las puertas de Benavente.

Abrimos la puerta correspondiente al año 1897 y al entornar la misma nos asomamos a uno de aquellos salones de los liceos y casinos benaventanos, donde presenciamos animados corros de tertulias entre los concurrentes en los que se cambian impresiones sobre la situación en Cuba y las últimas novedades en la villa. Seguidamente asistiremos a una representación en el Teatro del Jardinillo donde en ese momento tiene lugar la primera proyección cinematográfica que ha habido en Benavente.

Nos acercaremos luego al Café del Conde, situado en la Plaza Mayor, para asistir a una partida de naipes mientras en un salón contiguo la cupletista de turno, entona un famoso cuplé con sus letras procaces y de doble sentido. Finalmente nos detendremos en el Hotel Mercantil, donde para lo más granado de la sociedad que pasa por Benavente. El Hotel es famoso por su buena cocina y sus pantagruélicos banquetes y en cuya carta no faltan los “odubres variados” y riquísimos flanes a la turca.

Accedemos al año 1929, saliendo precisamente por una puerta del Gran Teatro, el cual acaba de ser inaugurado un año antes, por el pasaje del Casino accedemos a la Rúa en el momento que pasa la Banda Municipal, dirigida por el maestro Lupicino Jiménez. Recorre ésta con alegres marchas musicales nuestras calles y plazas principales, pues a las Casas Consistoriales ha llegado un telegrama anunciando que el rey don Alfonso XIII ha concedido a Benavente el título de ciudad. La noticia corre como la pólvora por todos los rincones.

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¡Hay que ver cómo pasa el tiempo! Este Teatro tiene ya 87 años. Por cierto ya por entonces se distinguía a las beldades locales. Así en 1928 desde las páginas de un semanario local titulado “Renovación” se elegía a la “Reina de la Primavera y de la Belleza benaventana”, recayendo la elección en la joven y agraciada Pilar Serrano. Por aquellos años la belleza de nuestras mujeres es cantada por los poetas y vates locales, y hasta el director de nuestra Banda de Música, el Maestro “Lupi”, compone un pasodoble dedicado a la belleza de nuestras mujeres: “Mujer benaventana flor de Castilla, flor de Castilla eres de esta tierra la maravilla, la maravilla,…”, dice una de sus estrofas.

En fin, como hay que acortar porque el tiempo se escapa (Tempus Fugit), solamente señalar que: ¡Ay si se pudiera viajar al pasado no sólo para visitar otras épocas, sino para vivir de nuevo aquello que hemos conocido! Cuan gratificante y enriquecedor sería recrear con la vista y con el resto de los sentidos tantos buenos recuerdos también del tiempo que hemos vivido. Y así poder oír de nuevo desde el mirador de la Mota los pitidos del tren de vapor que veloz se acerca a nuestra estación. Escuchar otra vez las voces de aquellas vendedoras de encajes y quincalla que pregonaban a voz en grito sus mercancías, y ¿por qué no?, hasta contemplar de nuevo desde la calle a través de los balcones del antiguo Café del Conde a las operadoras de teléfonos que, en el principal del edificio movían velozmente las clavijas como si de encajes de bolillos se tratase.

Quizá hayamos podido entrever como era en el pasado este lugar en el que todos estamos y que llamamos “Benavente”. Como espero hayan podido comprobar, es Benavente una pequeña ciudad pero llena de sorpresas. Mucho es lo que se ha escrito sobre su pasado, mucho más lo que queda aún por escribir…

No quiero terminar sin agradecer a la Comisión de Fiestas que reparase en mi persona para este acto y felicitar a estas magníficas representantes de la juventud benaventana. Así como desear que Nuestra Excelsa Patrona La Virgen de la Vega, nos acoja siempre a todos bajo su protección y sombra bienhechora.

¡Gracias por su atención!